Introducción
A lo largo de la historia del cine se han llevado a cabo enormes producciones sobre determinados acontecimientos históricos que han logrado despertar el interés de la audiencia por indagar sobre lo que estaban viendo en pantalla. Desde el punto de vista de un historiador, eso es algo positivo, pues de alguna manera se pone en valor nuestro trabajo, la materia per se y difusión del conocimiento. Sin embargo, estas películas y series no están exentas de tener errores de distinta magnitud que suelen hace levantar la ceja a más de uno.
Esto se conoce como “anacronismo”, la aparición de elementos que no corresponden con su tiempo. Es quizás el error más común del cine histórico y el más sencillo de corregir, pero también el más fácil y probable de cometer. A veces son intencionados a favor del argumento, dirección de arte o cuestiones internas de producción. Otros son por mera desinformación y falta de consulta. En este artículo explicaremos de manera general algunos aciertos en películas (acotando al cine de periodos clásicos y medievales, así como alguna de contemporánea), fallos más comunes y otras cuestiones relacionadas.

Adaptaciones y libertad creativa
Un director de cine debe (en teoría) ser responsable y tener claro cómo contar, qué incluir y cuánto rigor histórico quiere en su producción. Realizar una película es un proceso muy elaborado y tedioso que implica millones de dólares; involucra a demasiada gente y varios departamentos (arte, fotografía, guion, vestuario, etc). Es comprensible que “se queden cosas por el camino”. Pero también hay otros que tienen muy presente el rigor y tratan de ser lo más fiel posible, llegando en ocasiones hasta un punto enfermizo. Tal es el caso de la serie de HBO Roma (2005). Esta producción ha sido elogiada varias veces por numerosos historiadores debido a su exquisita fidelidad histórica. Sabemos por cómo está producida que emplearon fuentes clásicas para escribirla, como Plutarco, Julio César, Salustio o Cicerón. Aspectos como la policromía escultórica (generalmente), la decoración y riqueza colorativa interior, rituales, el poder y peso de las mujeres en política, indumentaria o cotidianeidad de los espacios públicos y sexo son completamente exactas y fieles a la historia. La inexistencia de estribos en los caballos (que aparecen en Europa sobre el s. VII) es un detalle insignificante para el espectador, pero enorme para el historiador. No obstante, la serie comete varios errores. Tanto el creador Bruno Heller como el asesor histórico Jonathan Stamp reconocen las desviaciones para agilizar la trama. Se manipulan fechas, muertes de personajes o personalidades inciertas en protagonistas. Pero esa es la cuestión. Los errores se comenten de manera consciente y son los propios creadores de la serie quienes lo deben de aclarar.

La última década ha sido muy prolífica para las llamadas “Biopic” de leyendas musicales, como Bohemian Rhapsody (2018), Rocketman (2019) Elvis (2022), Blonde (2022) o Michael (2026). Lo bello de este subgénero se encuentra en la dirección de vestuario y maquillaje que, afortunadamente, puede recrearse milimétricamente gracias al material audiovisual del artista en cuestión. Lo negativo, es que suelen fallar a la hora de abordar la vida privada en aras de incrementar el dramatismo o, en defecto, no entrar en las polémicas más mediáticas y denigrantes. Blonde (2022) deja desde el principio muy claro que es una adaptación sobre la vida de Marilyn Monroe, inspirada del libro de Joyce Carol Oates. Es decir, que posiblemente se trate de una ucronía (¿y si…) o una biografía utópica alternativa. Es aquí cuando entramos en el debate de si es lícito coger un personaje histórico y crear una historia alternativa o adaptación.
Obviamente la libertad creativa defiende este principio, y la forma más correcta de concebirla es de esa manera, como una adaptación libre. Hay que tener en cuenta dos aspectos: primero, una adaptación o modificación deliberada de personajes no es en sí algo malo si no cambia por completo la figura histórica, su desarrollo o realidad, pues podemos llegar a presenciar una actuación estelar de los actores y/o una versión alternativa interesante. Segundo, saber de antemano que esos cambios están sujetos a una intencionalidad, ya sea como beneficio para la trama, corrección política o marketing.

La Bola Negra (2026) también cae en este debate. A partir de una obra de teatro inconclusa de Federico García Lorca, “los Javis” crean esta película homónima sobre la concepción de la homosexualidad en España, utilizando 3 contextos distintos: preguerra, guerra civil y actualidad. Aunque quizás se ponga en duda su catalogación como cine histórico, tanto contexto como detalles son muy acertados y perfectamente puede usarse como material audiovisual para una clase de Literatura e Historia. Podríamos incluirla en una ucronía o utopía histórica, porque los directores ofrecen una versión finalizada de la obra de Lorca como ellos la entienden, es decir, desde una perspectiva homosexual y conflicto dicotómico social (ideologías y concepción sobre las orientaciones sexuales). Y en sí, no es algo malo, pues jamás sabremos lo que tenía preparado el dramaturgo.
Esto es probablemente la condena de los historiadores, arqueólogos e historiadores del arte, porque suelen insistir en la rigurosidad. Se han criticado duramente películas como Gladiator I y II (2000) Napoleón (2023) o Troya (2004) por tener cuatro anacronismos por escena o su tono teatral hollywoodense. De nuevo, tales rasgos pueden ser parte de una estrategia publicitaria. El caso de 300 (2006) es singular. Coge un hecho histórico para contarnos de otra manera la batalla de las Termópilas. Para ello, se toman unas licencias artísticas inspiradas en el cómic que adapta (Frank Miller) muy exageradas, pero con una identidad propia. 300 no supone un problema, pues el director Zac Snyder asume los fallos históricos. Pero, tanto el cómic como la película pueden emplearse como herramienta didáctica para aprender sobre las guerras médicas o historia de Grecia.
A fin de favorecer la trama o aumentar la espectacularidad de la obra, los directores superponen cronologías e incluso acontecimientos, tanto pasados como futuros. En Apocalypto (2008) de Mel Gibson se mezclan culturas aztecas, mayas y otros elementos culturales precolombinos que distan entre sí décadas, e incluso siglos. Además, el contexto supuestamente corresponde a 1492-1500, pero lo observable parece estar encuadrado en el siglo X-XII (por las crisis y hambrunas de esos siglos).
Armaduras y vestuario: El tendón de Aquiles del cine
Otro error muy recurrente del cine histórico es la aparición de armaduras y atuendos anacrónicos; muy fácil de cometer por la inmensa variedad entre centurias.
El director Robert Eggers suele tomarse muy en serio la ambientación y rigor histórico de sus películas. Mencionamos The Northman (2022), situada en el s. IX sobre el pueblo vikingo. Aun con la carencia de fuentes sobre ellos, se representa a este grupo de manera muy acertada: sin cuernos; armaduras basadas en yacimientos y piezas reales (como el “yelmo de Gjermundbu”, Vendel o yacimiento de Sutton Hoo); los Berserkr (o “camisa de oso”), aparecen con pieles de oso y/o lobo; escudos sin aro metálico exterior; trabajan la tierra y siembran; religión/creencias; actividades de ocio, juegos, arte… Son detalles que contribuyen a una experiencia didáctica sobre los vikingos que, en cierta medida, desmitifica su imagen popular como bestias salvajes sin alma.
Troya (2004) ocupa un lugar especial. Las armaduras se inspiran evidentemente en el Periodo Clásico. Esto hace pensar que Hollywood es incapaz de concebir un filme sobre Grecia sin recurrir a la estética clásica del s. V a. C o comprender la coexistencia y contacto cultural, en este caso, con Anatolia, actual Turquía. Dicha guerra sucede entre el 1500-1100 a. C, en el periodo micénico. Es decir, que se están omitiendo casi mil años. Entendemos que las armaduras micénicas no son las más estéticas para ponérselas a Brad Pitt, pero teniendo la verdad, ¿por qué no usarla? En La Odisea (2026) de Nolan sucede exactamente lo mismo. Todas las armaduras se desvinculan de su cronología. De esta película vale la pena mencionar el casco de Agamenón, más semejante a un “Batman grecolatino” y las armaduras de los Lestrigones, que perfectamente pudo haberlas lucido Enrique VIII de Inglaterra en el s. XVI.
La época medieval es la etapa peor tratada en el cine, pues siempre cae en sus estereotipos. Se emplean ropas oscuras o pardas, de cuero, con exagerados remaches que más parecen salidos de fantasía. Lo más común del cine medieval es encontrar alguna armadura adelantada a su siglo, así como la reconstrucción inexacta de ciudades, castillos o interiores. Decir sobre la indumentaria que, para el caso español, contamos con muy buenos ejemplares de ropajes y moda medieval. Sin explicación, cometemos el error de representarla de manera inexacta. Esto se aprecia bien en la serie de Isabel (2012). El vestuario femenino es generalmente acorde a su fecha, pero el corte de vestidos y ataduras laterales y posteriores son el punto débil. En otras series españolas como Toletum (2012) o Hispania (2010), tanto vestuarios como argumento son completamente inexactos. Ambas son el claro ejemplo de contar nuestra historia inapropiadamente y de la peor manera posible. ¿Debemos tratarlas como ficción histórica, parecido a la novela?
Otros fallos, anacronismos y estereotipos
Siguiendo con el medievo, suele representarse oscuro, grisáceo, apenas soleado, frío y deprimente. La paleta de colores se vuelve totalmente insípida cuando el director de fotografía lee los siglos de ambientación. Sí hacía sol, sí había colores, había olores buenos, malos y sí hacía calor, como hoy. Podemos mencionar ejemplos de ello. El Reino de los Cielos (2005) posee una gama cromática fría y decadente en la primera mitad, pero se torna algo más cálida durante el desarrollo en Jerusalén. Robin Hood (2010), Braveheart (1995) o cualquier versión del Rey Arturo caen también en esta condición. También en La Muerte de Robin Hood (2026) con Hugh Jackman. En El Último Duelo (2021) irrisoriamente el color más saturado son las velas. En sí, el largometraje es gris, soso y atmosféricamente agotador. A veces se nos olvida que, desde el origen del propio arte, el color ha jugado (y juega) un papel fundamental; comunica, expresa sentimientos, nos transmite un lenguaje, puede llegar a contextualizar e incluso hacernos comprender. En El Último Duelo (2021) por ejemplo, aparece la catedral de Notre Dame sin pintura ni decoración. En Gladiator (2001) tanto el coliseo como toda la arquitectura civil, de color mármol. Y lo mismo se puede aplicar a todas las esculturas griegas, romanas o medievales. Todas o, la mayoría, se las representa en blanco. Esta ausencia de color es algo heredado del Renacimiento y posteriormente replicado en el Neoclasicismo. Pendones, telas, vestidos… todo aparece en los filmes con colores poco saturados o apagados cuando, paradójicamente, era todo lo contrario.
Con el olor e higiene, más de lo mismo. Es un estereotipo muy dañino que parcialmente el cine perpetúa. Hace 800 años la gente también tenía sentido del olfato y nariz. Gracias a fuentes documentales, sabemos que, en los castillos o viviendas, se colocaban hierbas aromáticas debajo de las alfombras para que, al pasar, el peso las aplastase y desprendiese el aroma. No solo en escritos, sino también en miniaturas o imágenes: baños, ungüentos, perfumes, ambientadores, limpieza…
Conclusiones personales
Como historiador, hay elementos que pueden “picar” o angustiar p
or la manera en la que están representados en el cine. Muchos estereotipos y errores históricos que complican aún más la comprensión son perpetuados por influencia de este arte. De alguna manera, podemos llegar a sentir esto como una denigración o infravaloración hacia nuestro trabajo y dedicación. Como ya he mencionado: “Teniendo la evidencia y el conocimiento, ¿por qué no usarlo?” ¿Acaso no empleamos dicha evidencia para otras aplicaciones de la vida? Y si es así, ¿por qué para el cine histórico no?
Sin embargo, también hay que ser consecuente. Lejos de ser un aspecto negativo, puede ser todo lo contrario. Descubrir o identificar todos estos fallos puede resultar en una actividad divertida e incluso didáctica para aprender historia e indagar en ella. Además, el cine histórico da visibilidad a este sector y quizás despierta interés en querer saber más sobre lo que uno está viendo. Es muy importante tener en cuenta que lo que vamos a ver no es un documental con una asesoría científica detrás extremadamente rebuscada, sino una película. Hay directores que lo hacen mejor; otros que lo hacen peor; y algunos que cabalgan entre ambos mundos. Esto no impide disfrutar de las películas o que te gusten. Hay un matiz relevante, y es la cuestión de la publicidad. En varias ocasiones, polémicas han rodeado películas de índole histórica en referencia al tono, casting o indumentaria. El fenómeno se vuelve viral y aparecen todo tipo de críticas. Tenemos que saber que esto es una estrategia pensada y estudiada.
Los historiadores también tenemos que hacer autocrítica y ser conscientes de que lo que vamos a ver al cine puede ser una interpretación, una adaptación o una versión alternativa de un acontecimiento histórico concreto desde el punto de vista del director. Si queremos saber sobre esa etapa o personajes de manera correcta, tan solo hay que acudir a la estantería. Teniendo la fuente original, la literatura científica correspondiente y, además, una película, ¿dónde está el problema?
The Odyssey (2026): un caso llamativo
La queja más común, no solo de historiadores, sino del público en general, suele ser la elección del elenco, un aspecto acentuado últimamente. Reitero en que, si el personaje está bien escrito, no cambia en absoluto la trama y encima, si él o la intérprete hace un papel sobresaliente, ¿Cuál es el proble
ma? Si la elección de actores provocase en sí un cambio argumental de la trama y modificación deliberada de la historia sin argumento, entonces sí que se podría justificar una crítica o reflexión constructiva.

The Odyssey (2026) de Christopher Nolan ha sido muy maltratada por esto, incluso meses antes de proyectarse en los cines. Lupita Nyong’o, actriz keniata-mexicana interpreta a Helena de Troya; papel severamente criticado. Se rumoreaba que Elliot Page iba a ocupar las grebas de Aquiles, chocando con la versión de Brad Pitt. Pero resultó ser Sinón. Armaduras, diálogos, el navío (que resulta ser un drakar vikingo), la omisión de partes importantes del poema homérico…cualquier matiz ha sido aprovechado. Todo lo lapidado por lo visto en los tráilers meses antes de ver la película resultó ser una nimiedad. Helena de Troya aparece apenas en dos escenas y no modifica ni trama ni personaje; Agamenón no más de 5 minutos y Sinón de Eliot Page cuenta con una curiosa trama por sí solo. Respecto al vestuario, el de Agamenón en concreto logra 2 cometidos: el primero, que le reconozcas. El segundo, la imponencia y epicidad que consigue con su mera presencia y sin articular palabra. Podemos ofrecer algunas curiosidades de la película como:
De las armaduras troyanas y griegas hay poco más que decir. Tienen una inspiración clásica, pero con toques fantásticos. El caballo de Troya es quizás el elemento identitario de la película y se separa por completo del visto en Troya (2004), siendo una versión más estética. La manera en la que lo transportan hacia la ciudad está muy bien lograda. El cantante Travis Scott actúa como un aedo, no como trovador o bardo. Polifemo es relegado a un papel más sencillo, al igual que la subtrama original entre Circe y Odiseo. Las sirenas son representadas bajo la concepción medieval y contemporánea, no como aves con cabeza de mujer…Por otro lado, también hay que destacar las proezas, ya no solo a nivel cinematográfico, sino detalles que al menos, sugieren que alguien ha investigado un poco:
Conocemos la obsesión de Nolan por justificar los hechos de sus películas mediante argumentos lo más verosímiles y reales posibles para evitar los “deus ex machina”. Para la Odisea, recurre a la amenaza de los “Pueblos del Mar” como una de las principales causas del colapso de la Edad del Bronce y la crisis general del s. XII a. C (aunque ellos no denominaban a su temporalidad así, sí que fue de las principales causas). También se trata de hilar con el comercio mediterráneo y el interés de Agamenón por entrar en las rutas orientales, motivo por el cual Odiseo medio asume la “injusta” guerra de Troya. Las hachas y forma de los escudos colgados en la pared del palacio de Ítaca son morfológicamente correctos. Tanto el cíclope Polifemo como aquellos pueblos que Odiseo se va encontrando, hablan en griego. Un detalle curioso es que las columnas del palacio de Penélope (concretamente en la sala) son exactamente las existentes en el palacio cretense de Cnosos. Y muy posiblemente, a raíz de esta película, mucha gente ha leído la Odisea, por lo que parte de su función ha sido un éxito.
Podríamos escribir decenas de páginas más sobre errores y aciertos del cine histórico, pero son tantas películas y temas que es inabarcable. Pero este apasionante tema nos debe de servir a todos como lección en varias cuestiones: la primera, estamos viendo una ficción o adaptación, no un documental. La segunda, puede usarse como herramienta de aprendizaje histórico útil, e incluso de ocio. Tercera, debe de funcionar y ser coherente como elemento individual dentro de su concepción y medio. Y cuarta, tenemos que ser humildes, menos duros y consecuentes de que es un producto de entretenimiento público. Podemos criticarla, pero siempre con un “por qué” lógico.



